¡Nos quedamos en casa y aprovechamos el tiempo para aprender y viajar con la imaginación! ¡Pronto nos volveremos a encontrar!

Un MITO se refiere a un relato que tiene una explicación o simbología muy profunda para una cultura en el cual se presenta una explicación divina del origen, existencia y desarrollo de una civilización. En este contexto, puede considerarse a un mito como un tipo de creencia establecida, habitualmente a través de varias generaciones, con relación a ciertos hechos improbables y sorprendentes que, de acuerdo al mito, han sucedido en la realidad, los cuales no son posibles de ser verificados de manera objetiva. Pero incluso los hechos históricos pueden servir como mitos si son importantes para una cultura determinada.

Una LEYENDA es una narración oral o escrita, en prosa o verso, de apariencia más o menos histórica, con una mayor o menor proporción de elementos imaginativos.

Las leyendas suelen ser populares; el sucedo que narra la leyenda, pasó hace muchísimo tiempo, y la narración de la misma fue pasando de boca en boca, de generación en generación, hasta que alguien acertó a escribirla.

Estas son algunos 'Mitos y Leyendas' de nuestra querida Catamarca.

Cuevas de las Niñas

Relatan los lugareños que en una inmensa casa de piedra ubicada en lo más alto del Ambato conocida con el nombre de las “Cuevas de las niñas”, en horas del día, a la siesta o a la oración, se escucha la música encantada de mil arpegios, algunos aseguran que la Pachamama (diosa naturaleza), invitó a todos los pájaros y animales de la región, para combinar los trinos con el mujido de las vacas, el bramido del tigre, etc. De allí nacieron melodías que ningún artista logró igualar. Otros aseguran que por medio de la música se manifiesta la arteria de los espíritus armónicos, que dan sus conciertos para comprometer a los incautos y dicen que quien se identifica con esa música vende el alma a las tinieblas permanentes del infierno.

 

La Sirenita del Ojo de Agua

Hace mucho tiempo, en las siestas calurosas del verano solía escucharse una música armoniosa acompañada del dulce canto llegada con la brisa que movía las cortaderas y se expandía por el pueblo. Recostados bajo los sauces, niños y jóvenes disfrutaban de estos sones, cautivados por la belleza de esas notas que los envolvían en un estado de ensoñación. ¿Quién cantaba en ese rincón donde nacían las aguas? ¿De quién era esa voz que vestía de magia al paisaje y ahondaba en el alma de la gente? Cada vez que alguien se acercaba al lugar donde estaban las melodías estas se apagaban. Un día unos muchachos reunidos en lo alto de un terreno se sintieron atraídos por la dulzura de su canto, se asomaron intrigados y divisaron en las orillas de un ojo de agua un ser fantástico y adorable, cuya figura los encandiló al instante y aceleró su pulso: era una hermosa sirenita de ondulante cabello rubio y de escamada cola de plata. Cuando la cantante parpadeó y sorprendió la mirada de admiración de los jóvenes, desapareció como un espejismo en el cristal de la corriente. Nunca más se la volvió a escuchar. Desde entonces, en Saujil de Tinogasta, los moradores recomiendan a los enamorados no dejarse atrapar por el canto de la sirena, que es bella, efímera e imaginaria.

 

El Niño Zanca

Cuenta la leyenda que el Niño de zanca yace petrificado en un socavón de la cumbre de Ancasti, desde donde con su llanto avisa al montañés del lugar de la proximidad de la borrasca para que se guarezca del viento blanco, diligente ermitaño de la muerte y del infortunio.

La Laguna del Tesoro

Una de las leyendas más conocidas de la provincia de Catamarca es la que hace referencia a una laguna que está ubicada en el distrito Aconquija del departamento Andalgalá y que recibe el nombre de Laguna del Tesoro. Cuenta la leyenda que en época del imperio incaico llegaron noticias del apresamiento de Atahualpa, último inca y que se reclamaba de todo el imperio, el aporte de riquezas para salvar la vida del emperador incaico. Los habitantes de la zona de Andalgalá y más precisamente los establecimientos del Pucará redujeron el oro e hicieron una magnífica cadena de varios metros de largo, cada eslabón tenía el grosor del puño de un hombre. Con esta preciosa carga, salieron rumbo al Centro Imperial, por uno de los caminos del Inca, el que atravesaba la selva. La comitiva llegó hasta una laguna donde se anoticiaron del ajusticiamiento de Atahualpa. Allí mismo decidieron arrojar a las aguas de la laguna, su presente, más otras riquezas. Y desde ese momento quedó el nombre de “Laguna del Tesoro”, como hoy se conoce a la paradisíaca laguna, situada al pie del Nevado de Aconquija.

 

El Gigante del Río de la Troya

Con disciplina y constancia Paititi había conseguido desarrollar un físico privilegiado, desde niño se sometió a sacrificios excepcionales para dominar el hambre, la sed y la fatiga. Aprendió de la ampalagua a arrastrarse sin ruido, trepaba y saltaba con la agilidad de un mono, acechar a la presa como el puma, del guanaco aprendió a correr haciendo quencos (hacer gambetas). De ese modo llegó a ser un diestro cazador y guerrero valiente. En un pintoresco escenario compuesto de montañas, valles profundos y extensas praderas se levantaba el caserío de las tribus a las que pertenecían. En ese escenario Lucumí, cuidaba rebaños de llamas y vicuñas, ella con su dulzura ganó el corazón del cazador, a quién obsequiaba primorosas prendas que con sus manos tejía; él regresaba siempre con algún presente para la mujer amada: piedras de rarísimos colores, alguna piel conseguida con arte y habilidad. Ambos tenían un secreto celosamente guardado: Lucumí cantaba con la facilidad y la armonía con que lo hace la calandria en la primavera, pero sólo conseguía hacerlo en plena soledad envuelta en el paisaje serrano. La cascada de su voz, cautivaba a los animales de la puna. Pero les molestaba un puma que diezmaba las majadas. Paititi salió en su persecución, pero el puma escapaba con facilidad pues conocía las artimañas de los cazadores. Pero cuando lo vió de nuevo, ya era tarde, el puma se abalanzó sobre Paititi, la pelea fue feroz, finalmente el cazador derribó al animal, asestándole un mazazo y se desmayó. Cuando recuperó el sentido, percibió las profundas heridas del combate las que le afeaban el rostro, por lo que se vió obligado a no regresar nunca. Desde entonces se conformó en observar a su amado desde su escondite. Un día la pastorcita y él desde su escondite escucharon las melodías de una quena lejana. Nació así un juego musical entre su voz y la quena misteriosa. Comenzaba a cantar y la quena respondía, si se detenía el instrumento callaba. . . Pasó el tiempo y la pastorcita se sentía enajenada cada vez que se entablaba la conexión musical. Paititi comprendió su drama al no encontrar a su amada, recorrió entonces todos los parajes hasta que un día en un pueblo de la costa se enteró que el hombre de la flauta era un gigante de espesa barba y melena ensortijada color fuego, seducía a las mozas más bellas, las raptaba y las sometía. Como con el puma salió detrás de sus huellas, años más tardes encontró a su amada enloquecida de dolor y angustia, moribunda. Paititi comprendió que para enfrentar a su oponente era necesario utilizar astucia más que fuerza y agilidad. El enfrentamiento fue feroz, el cazador al sentirse muy extenuado comprendió que debía golpear más fuerte, cuando el gigante lo abrazó y levantó en vilo golpeó con el hacha la frente de su enemigo que estalló con un crujido. Mientras Paititi caía por el vacio, por un instante fugaz experimentó gran alegría, como cuando se gana un combate. Regresaba volando al paisaje donde conoció a su amada, su cuerpo fue arrastrado por el agua hacia el llano. El gigante se quedó boca arriba tendido a lo largo. Cuando se mira la cima de la montaña desde el valle se aprecia su nitidez desde la cabeza a los pies el perfil petrificado por los siglos del gigante dormido.

LA LEYENDA DE COQUENA !!
(Cuentos, Mitos y Leyendas Andinas)

En la puna Catamarqueña y en el norte argentino habita nuestro legendario personaje, hijo de la Pachamama, guardián de los rebaños, tropero de las nubes y de las altas cumbres y volcanes, sembrador de tormentas y del viento blanco, “Coquena”. Un enanito misterioso, una deidad que todo lo ve y siente, viste casaca y pantalón de vicuña, también diminutas ojotas y un ancho sombrero de suave pelo, protege permanentemente a los animales autóctonos de los maltratos, abusos y crueldades de algunos humanos.
Desde las alturas contempla todo lo que sucede sin ser visto, sólo se escucha su potente silbido, que es una suerte de mágico llamado. Todos le temen, por ello evitan matar vicuñas, llamas y otros camélidos con armas de fuego.
La leyenda cuenta que cuando se ve animales pastando sin la compañía de un pastor, dicen los lugareños que es Coquena quien guía la manada hacia los pastos y vegas más abundantes y tiernas; arrea rebaños cargados con oro y plata por toda la puna para que sus riquezas no se agoten.
Si alguien lo ve es signo de un mal presagio, la visión es de sólo un instante y luego se transforma en un espíritu.
Para pedirle permiso a Coquena para cazar y matar algún animal por necesidad, deben presentar y dejar ofrendas encima de una Apacheta: harina cocida, alcohol, yista, tabaco y hojas de coca son parte de las ofrendas más usuales y valiosas que deben ser depositadas para él. De éste modo, protegerá, guiará a los pastores, hacia los rebaños más gordos y numerosos.
Coquena castiga cruelmente a los que maltratan el ganado en los arreos, cuando las bestias vienen cargadas de provisiones o de sal y que ha quitado arreos enteros de llamas y vicuñas a quienes no valoraron los dones otorgados y ha premiado a los buenos pastores regalándoles oro y plata, salvándolos del temible Viento Blanco.

La puna, las quebradas, los cerros, las inmensas soledades son su reino, su hogar es en definitiva la tierra misma.
Es y será por siempre el legendario cuidador de Los Andes.

El Duende de la Siesta

Se dice que era un niño que murió sin ser bautizado o un niño malo que golpeaba a su madre. Era muy pequeño, llevaba un sombrero grande y lloraba como una criatura, tenía una mano de hierro y otra de lana. Sus ojos eran muy pícaros y malignos y los dientes muy agudos. Solía aparecer en los cañadones o quebradas, por la siesta, cuando mas apretaba el sol y cuando las “chicharras” mas aturdían con sus estridencias. A esa hora las personas mayores se dedicaban al culto doméstico de la siesta, por lo que eran horas en que los niños aprovechaban para disfrutar de una incontrolada libertad. Tal vez cuidando de que no cometieran travesuras imprudentes, el Duende salía de entre los yuyos que bordeaban las huellas y sendas, y con risitas, chasquidos y hasta alguna pedrada sin mayor fuerza, llamaba la atención de la gente menuda, a la que, afirmaban, regalaba sea un higo maduro o alguna golosina, si era un niño honesto y al niño deshonesto se lo llevaba para nunca más volver. Luego de contarle la historia de sus manos hacía la consabida pregunta de cuál elegían para recibir un golpe. Cuando algún inocente niño decía que prefería la mano de hierro, entonces el Duende, mostrándose súbitamente benevolente y generoso, daba una suave palmada, utilizando para ello su mano de lana. Tenía predilección con los niños de corta edad, aunque también golpeaba sin piedad a los mayores.

El Gran Chochoy

Hace muchísimos años en este valle encantado vivió un viejito escaso de carne y estructura robusta y fuerte a pesar de todo. Temperamento apasionado, gruñón y cascarrabias, se llamaba José Manuel. En él se conjugaban dos edades dos razas, dos concepciones de la vida. Debido a eso tuvo una notable inclinación por la aventura, cuando tuvo edad suficiente decidió salir a rodar tierras en busca de tesoros escondidos acompañado por un peoncito. Juntos recorrieron la cordillera, desiertos de piedra y arena, descubrieron parajes, oasis, nuevos pasos, lagunas, cursos de agua cristalina. En una de esas carreras, montados en expertos mulares, se dieron de sopetón con una aparición fantasmal “buscad donde hay chilcas” les susurró al oído y antes de desvanecerse agregó: “el gran Chochoy existe”. Acamparon entonces y cubrieron sus cabezas con pañuelos de cuello por el sereno, pero no pudieron dormir. Desde entonces se entregaron con alma y vida a buscar el tesoro escondido olvidándose de las minas que buscaban. El viejo aventurero murió inmune a la desilusión y el peoncito persistió en la búsqueda por el embrujo de aquella aparición, Pedro Valdivieso se llamaba… “buscad donde hay chilcas”. Pasaron los días y los años y don Pedro llegó a viejo, pasando largamente el siglo. En una de esas ocasiones el frío y el cansancio le obligaron a refugiarse en una profunda cueva de la montaña y apoyado contra sus paredes se durmió. Allí soñó y fue tan real el sueño que desde entonces tuvo la certeza de haber descubierto, al final de su existencia, la entrada al antiquísimo tesoro indio. Tanto era la euforia y el desgaste de su vida interior que durante el sueño se despertaba cada vez mas envejecido, pero con la secreta alegría de su descubrimiento, con verdadero egoísmo humano, se llevó a la tumba su secreto.

Rosa del Inca

Se cuenta que en lejanas épocas, las Akllas, vírgenes sacerdotisas de Inti, y el Dios Sol de los Incas, residían en Tiwanaku, en las proximidades del Lago Titikaka. Allí el Sol y la Luna, Inti y Killa, se encontraban una vez al año para fecundar la mieses. Allí también se realizaba la ceremonia de la salida de una Ajlla, elegida para prolongar la pureza de la raza. Cierto día el valeroso guerrero Tupaq Qanqi, cruzó el lago y fue al Aklla Wasi, el recinto sagrado donde estaban las vírgenes y escalando las paredes de piedra, profanó el recinto, víctima de una incontrolable curiosidad. Allí sorprendido y estupefacto descubrió a la bella Ñust'a Aklla. En ese instante nació un amor mutuo a primera vista. Pero el Inca, hijo de Inti, tenía leyes absolutas que abarcaban toda la extensión del Tawantinsuyu y no permitiría tal ofensa. Por tal valedera razón la enamorada pareja debió huir presurosamente tratando de salvar la semilla que germinaría en nueve lunas y eligieron la ruta del Qollasuyu o sea al sur del imperio. En la ciudad de Tiwanaku no daban crédito de tamaña audacia y el Inca estaba furioso, por lo que envió grandes grupos de guerreros a buscar a los amantes para castigar tal torpeza. Sin embargo Tupaq Qanqi y Ñust'a Aklla pudieron escapar de tan feroz persecución y se instalaron en las proximidades del Salar de Pipanaco, frente a Andalgalá y Pomán, en la provincia de Catamarca. Del inmenso amor que los unía nacieron muchos hijos, que fueron, dicen, los primitivos pobladores de la región antes de la llegada de los conquistadores. Pero el maleficio de los brujos, hechiceros y sacerdotes del Imperio hizo que la bella Ñust'a Aklla muriera tempranamente, siendo sepultada en la cima de un cerro, dejando a Tupaq Qanqi sumido en una terrible pena que no pudo soportar, falleciendo poco tiempo después. Dicen que aún hoy, puede verse hacia el anochecer el perfil de la silueta de Tupaq Qanqi que se dibuja en el poniente, justo a la hora que Inti y Killa se encuentran sobre los cerros, infundiendo admiración y temor a quienes transitan por el lugar. Cierto día el chasqui Andalhuala, arreando una tropilla de vicuñas, por los cerros del Oeste catamarqueño, encontró la sepultura de la infortunada Aklla y se dio con que entre las rocas con que se tapaba la tumba florecían unas piedras en pétalos de sangre, milagrosa transmutación de una sangre que, más allá de la muerte, daba inequívoco testimonio de un corazón profundamente enamorado. El chasqui, profundamente conmovido, tomó una de las rosas y la llevó al Inca como prenda de paz. Dicen que el Inca al recibirla se turbó de emoción y se le llenaron los ojos de lágrimas, como aquellos que reciben de vuelta al hogar a los seres queridos que alguna vez partieran ingratamente y cuyo regreso hiciera olvidar todos los resentimientos y dolores del pasado. Desde entonces trozos de la Rosa del Inca, colgaron del cuello de las princesas de Tiwanaku como símbolo de fidelidad y amor verdadero. El amor, una vez más, había vencido todos los obstáculos, todas las reglas y fue más fuerte y poderoso que cualquier ley. Los misioneros que llegaron por esta tierra Catamarqueña levantaron con el tiempo, sobre el lugar del sepulcro rústicas y pequeñas capillas de pircas, por lo que la cima de la montaña donde descansan los restos de Ñust'a Aklla, se llama Capillitas.

La Mulánima

Este ser fantástico, también llamada Alma-mula, es el engendro de una mujer condenada por pecados muy graves en contra del pudor.En castigo a esta conducta antes de su muerte, ella habría sido maldecida por Dios, quien la habría convertido en una mula . Galopa por los campos haciendo un ruido metálico estruendoso - como si arrastrara cadenas -; echa fuego por la boca, las orejas y los ojos, mata a la gente a dentelladas o a patadas. Se la ve sólo de noche y su apariencia es la de una mula de color negro o marrón oscuro y orejas muy largas.El rebuzno de este ser es tan humano que genera estremecimientos en quien lo escucha. Mirar a la mulánima, causa desgracia cuando no la muerte misma. Se comenta que sólo un hombre con mucha Fe o muy valiente puede escapar de su infalible ataque. Para repelerla o defenderse se debe repetir tres veces "Jesús, María y José"y quitarle el freno de las orejas. Algunas personas dicen que el Alma-mula es el Diablo mismo.

 

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