Suelos arenosos/arcillosos, dunas bailarinas, la amplitud térmica muy marcada, la intensidad energética del sol, las lluvias fugases veraniegas y las brisas contribuyen a la calidad de los viñedos. Esta cercanía con el sol aporta carácter a cada uno de los frutos que allí nacen e influye directamente en la expresión de un vino.
La mejor evidencia es el grosor de las pieles de las uvas, el color intenso, la limpieza y sanidad de las mismas. Los vinos de altura tienen más color y con ello mayor concentración aromática, presentan acidez natural, son más frescos y fluidos, expresan con más certeza el terruño que representan, y también tienen mayor presencia de taninos en el caso de los tintos.
El convite. ¿Quiere probar las uvas? Comienza la primera parte del placer y una explosión de sabor se adueña del paladar.
La siesta bajo la sombra de los algarrobos, las uvas y los pies en el agua del rio. Almuerzo compartido en una galería amplia y acogedora, el chocar de las copas y el sabor del syrah deslizándose en la boca, alguien que sabe dice: se percibe, se denota y permanece en el paladar.
Se desconoce muchos de los vinos catamarqueños quizás los escritores famosos que escriben sobre los vinos del mundo no los tengan en cuenta, pero éstos se nutren de esas pequeñas historias que en silencio esperan ser descubiertas, como las siestas y el sonido del telar, cosechar bajo la luna llena, la pisada de uva, las vasijas de barro.
El oeste catamarqueño tiene muchos colores y sabores: rojo arcilla y pimentón, verde oliva, marrón nogal, rosa rodocrosita. Es telar y alfarería, desierto y altitud, aguardiente y membrillo, vinos pateros o finos, blancos o tintos orgánicos amigables con el ambiente que los rodea.
La sucesión de los valles del oeste, permite la realización de excelentes variedades tintas como el Cabernet Sauvignon, Malbec, Bonarda, Tannat, Barbera (Leonarda y Nona Russ en la variedad Syrah),Chenin-Chardonat y el Torrontés.