Un bello y sinuoso camino de cornisa conduce a los viajeros desde el gran Valle de Catamarca hacia un antiquísimo lugar sagrado, en cuyas paredes las figuras de jaguares y cóndores, de serpientes, chamanes y guerreros desafían el paso de los siglos.

En el actual territorio de la provincia de Catamarca, en el Norte argentino, habitó un pueblo que logró desarrollar una compleja organización socio-cultural y cuyas manifestaciones representan el momento culminante del arte precolombino de la región: la Cultura Aguada.

Famosos por su alfarería pintada, pulida y grabada, por la metalurgia del bronce y el oro, la pintura y la escultura en piedra, los Aguada vivieron -y dejaron su imborrable impronta- entre los años 600 y 900 d.C. En las montañas de Catamarca se conservan aún antiguos sitios rituales, en cuyas paredes y techos de piedra se despliegan figuras fascinantes. Uno de ellos es La Tunita, ubicado en la ladera oriental de la Sierra de Ancasti y rodeado de una abundante vegetación de cebiles, quebrachos, yuchanes y cactáceas.

Partiendo desde San Fernando del Valle de Catamarca, capital provincial, para llegar a La Tunita es necesario realizar uno de los trayectos más impactantes de la zona: la Cuesta del Portezuelo. Un camino bordeado, de un lado, por la montaña y, del otro, por profundos precipicios, que se enorgullece de sus casi 300 curvas, su empinado ascenso hasta los 1.680 metros de altura -en compañía de cóndores que planean muy cerca- y sus increíbles miradores con vistas del Valle de Catamarca, sus campos de cultivos y el trazado de las rutas que parecen conformar un plano gigante. En el horizonte se divisa el cordón del Ambato, con sus tonos azules y violáceos.

La Cuesta del Portezuelo es, además, escenario ideal para los viajeros más intrépidos, ya que se trata de una de las rampas de despegue de mayor altura del

país para la práctica de parapente y aladelta.

Una vez atravesada la Cuesta del Portezuelo -y tras haber recorrido 90 kilómetros desde la ciudad de San Fernando- se llega a La Tunita, en el departamento de Ancasti. A través de la montaña se abre el camino que conduce al lugar sagrado, conformado por enormes rocas en las que el trabajo de la erosión delineó galerías, cuevas y aleros. Allí se encuentran los cebiles, árboles que, por sus propiedades alucinógenas, eran utilizados por los chamanes durante los rituales. Y, plasmadas sobre las piedras de las distintas cuevas y aleros, figuras preciosamente delineadas: jaguares, cóndores, serpientes, guardas, chamanes, guerreros. Excepcionales representaciones de la cosmovisión Aguada, del ordenamiento mágico y mítico de su cultura. Una de las cuevas más relevantes, por la cantidad y singularidad de las pictografías que ofrece, es conocida como “la Sixtina”.

Como las cuevas no son fáciles de localizar ni de interpretar, es recomendable ir con guías especializados. Para experimentar la sensación inigualable de encontrarse en un centro clave del mundo simbólico-religioso de los Aguada, en el que el paisaje natural se fusiona con las imágenes de antiguos rituales.